Palabras, emociones y viceversa
Para Julio Cortázar, «las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma». No vamos a cuestionar al escritor argentino, pero en realidad, es gracias a las palabras entendemos las emociones. Y gracias a que podemos poner nombre a aquello que sentimos, somos capaces de hacerlo real y público –lo que no se comparte no existe-. Sin embargo, dar forma a una emoción -y a unas más que otras, ahí tiene razón Cortázar- es un ejercicio complejo. Y más aún, hacerlo a través de un único término.
Al pensar el “amapola”, “helado” o “madre”, la vinculación con la realidad es directa y sencilla: tenemos un elemento concreto, inerte o vivo, al que relacionarlo. Pero un estado de ánimo es abstracto y subjetivo, y ahí reside la dificultad de establecer un continente concreto –y objetivo- que envuelva el contenido emocional.
Explicar una emoción implica hacer una interpolación de algo emocional al sistema racional: poner en palabras algo no verbal. Según sostienen diferentes corrientes de estudio, las emociones se construyen a través de las palabras. ¿En qué sentido? Las palabras son a la vez fuente y puerta de emociones. Nos ayudan a dar forma a aquello que sentimos, a ordenarlo para insertarlo dentro del imaginario propio, y a su vez, ubicarlo en el imaginario social.
El lenguaje es cultural, pero también lo es la forma en que sentimos. Cada sociedad tiene su propia forma de acercarse y entender el mundo, y no solo en su comportamiento, sino también en su lengua, queda constancia de ello. Esto explica por qué unos idiomas poseen términos concretos para delimitar una determinada emoción, mientras que en otras lenguas estas sensaciones no poseen un lugar propio en el diccionario. En finés cuentan con más de 40 vocablos para aludir a la nieve. ¿Por qué no iba a suceder lo mismo con las emociones?
«Qué bebé tan adorable, al ver esos mofletes me entra gigil”. “Siento hiraeth cada vez que pienso en aquel lugar”. Para traducir los términos en cursiva al español, necesitaríamos emplear mucho más que una sola palabra. No podemos traducirlas de forma directa, porque nuestra lengua no posee un vocablo homólogo para esa sensación. Lo cual no quiere decir que la sensación no exista, aunque, quizás, no de forma tan presente como para haberle otorgado una entrada específica en el diccionario.
Gigil, en filipino, es “necesidad de apretar los cachetes a algo que resulta adorable”. En galés, hiraeth es “añoranza por un lugar al que no puedes retornar o que incluso ni ha existido, o una gran nostalgia por sitios del pasado”. En español también tenemos nuestras palabras propias. Además de la «morriña» o el «flechazo«, tenemos, por ejemplo, un tipo propio de vergüenza: la ajena. Esa sensación de empatía dolorosa –o bochorno, sin eufemismos- ante la actitud o forma de comportarse de otra persona es conocida como «vergüenza española» fuera de nuestro país. Algo muy nuestro eso de sufrir de más.
Dentro del ámbito de la comunicación, esta relación estrecha entre palabras y emociones cobra vida propia. Uno de los fines de la comunicación es la búsqueda de una reacción emocional concreta, y en este sentido las palabras pueden jugar muy a favor de los objetivos establecidos. Además, no solo importa el qué se dice, sino el cómo, claro. Porque la relación entre palabras y emociones va más allá: relacionamos el recuerdo de las palabras con el contenido emocional con que las hemos escuchado anteriormente. Por ejemplo, si hemos escuchado una palabra envuelta en un contexto alegre hará que podamos regresar a esa sensación positiva al volverla a escuchar o leer. Las emociones, por tanto, nos ayudan a reconocer más rápido y de forma más directa y precisa las palabras.
Si algo tiene de mágico el lenguaje es que está en continua evolución: crece y se transforma, como lo hace la sociedad. Como lo hacemos los individuos. Como lo hacen las emociones. El diseñador y editor John Koenings ha dado forma al Diccionario de las emociones oscuras, un glosario en el que ha bautizado y recopilado formas de sentir que han aflorado de forma reciente: emociones incomprendidas y huérfanas de nombre. Hasta ahora.
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«Cada palabra en realidad significa algo etimológicamente, y han sido construidas a partir de una docena de idiomas y jergas populares actualizadas, para que así tengan una construcción de varios idiomas y todos estemos presentes en ellas. Cada definición original pretende llenar un hueco en el lenguaje para dar un nombre a las emociones que todos podríamos experimentar«, explica Koenings, que ha creado un canal de Youtube donde explica el significado de cada nueva palabra propuesta.
Quizás este listado de palabras pueda ayudarte a definir emociones. Quizás, hasta sirvan para establecer nuevas formas de sentir. Todas las palabras no están dichas, pero tampoco todas las emociones delimitadas. ¿Y qué fue antes, el huevo o la gallina?